Del 20 al 22 de octubre de 2026, Zafra (Badajoz) acogió el IX Foro de Cultura y Ruralidades, organizado en torno a las geografías compartidas, las culturas de frontera y la cooperación transfronteriza. En el hall del Pabellón Central del Recinto Ferial, MolinoLab —espacio de experimentación artística y cultural con sede en Sancti-Spíritus (Salamanca)— presentó Sinfonía Biótica y una mesa interactiva pensada para que el público no solo mirara, sino que pudiera probar, preguntar y escuchar.
Sinfonía Biótica es una experiencia inmersiva de realidad virtual creada con una ayuda del Ministerio de Cultura. En ella, humanos, plantas y hongos colaboran en una pieza audiovisual única: cada organismo aporta a partir de impulsos eléctricos, movimientos e interacciones, y cada visita genera una composición distinta. En el Foro, Fernando Fernández Sánchez —artista, diseñador y socio fundador de MolinoLab— acompañó la mediación con el público el martes 20, de 17:30 a 19:30, y el jueves 22, de 12:15 a 14:15.
Qué había sobre la mesa
Además del casco de realidad virtual, MolinoLab desplegó una instalación en mesa con varios instrumentos tecnológicos. No era un stand de productos ni una demo cerrada: era un dispositivo de mediación. Por un lado, se mostraban entornos digitalizados a partir de espacios reales de España y Portugal, tanto naturales como industriales. Esos paisajes —capturados y reconstruidos digitalmente— aparecían en pantalla como escenarios que el visitante podía recorrer o modificar dentro de la lógica del proyecto.
Por otro, se explicaba el biodata a partir de varias esculturas con plantas vivas. Los organismos conectados aportaban variaciones eléctricas que alimentaban la banda sonora: la música no llegaba como una pista fija, sino como un tejido sonoro que cambiaba con la actividad de las plantas presentes. El objetivo no era «hacer magia» con la tecnología, sino hacer visibles —y audibles— procesos que suelen quedar fuera de la conversación cultural sobre el medio rural.

Dos maneras de entrar en la pieza
La mesa incluía también dos dispositivos pensados para las personas. El primero era una interfaz orgánica con plantas crasas: al interactuar con ella se podían generar notas y provocar cambios visuales en los entornos virtuales. El gesto humano no quedaba aparte del paisaje digitalizado; se sumaba a la composición.

El segundo dispositivo respondía a la conducción eléctrica y al contacto entre pieles. Según cómo se estableciera ese contacto, el sonido se volvía más agudo o más grave. No hace falta un manual técnico para entender lo que ocurría: bastaba acercarse, tocar y notar cómo el cuerpo entraba en la cadena sonora junto a las plantas. Esa sencillez importa. En un foro donde se hablaba de frontera, cooperación y patrimonio vivo, la instalación proponía otra frontera porosa: entre especie humana y no humana, entre taller rural y sala institucional, entre dato biológico y experiencia cultural.

Por qué tenía sentido en el Foro
MolinoLab trabaja desde hace años en las intersecciones entre arte, naturaleza y tecnología, acogiendo residencias, talleres y encuentros fuera del circuito urbano. Llevar Sinfonía Biótica a Zafra formaba parte de esa misma lógica: sacar del laboratorio una investigación interespecie y ponerla a prueba con públicos diversos —gestión cultural, educación, creación contemporánea, desarrollo rural— sin renunciar a la claridad.
La presentación oficial del Foro situó la instalación como un diálogo entre especies y un homenaje a la biodiversidad ibérica y macaronésica: una forma de traducir materia viva de nuestros bosques en datos y algoritmos. Desde MolinoLab, esa traducción no busca sustituir el territorio, sino devolverle presencia dentro de espacios de debate donde a veces el rural aparece solo como tema. Aquí el rural entraba como coautor sonoro y visual.
Quien se acercó a la mesa pudo preguntar cómo se lee el biodata, cómo se digitaliza un árbol o una nave industrial, o qué cambia cuando una planta y una persona comparten la misma pieza. No hacía falta haber usado realidad virtual antes. Bastaba curiosidad y un rato de escucha.
Para MolinoLab, Zafra no fue solo una cita en el calendario: fue una ocasión de abrir el proceso, compartir herramientas y recordar que la cultura en el medio rural también se construye tocando, midiendo, equivocándose y volviendo a escuchar.